Nubes negras sobre la economía mundial

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Eddy Montilla

Recuerdo que hace ya tres años, escribimos para este periódico un artículo titulado Próxima crisis económica podría ser devastadora en el que advertíamos sobre una gran crisis a nivel mundial y explicábamos las razones por las que podría tener consecuencias funestas de no tomarse las medidas correctas. Desgraciadamente, el panorama mundial parece indicar que ya estamos en el dintel de esa crisis.

El motor económico de Europa, Alemania, que se ha regido por años con la regla más simple, pero eficaz del desarrollo (no gastar más de lo que se gana), tendrá que decirle adiós a una década de manejarse sin déficit. En Estados Unidos, en cuestión de un solo mes, más de 26 millones de norteamericanos perdieron su trabajo, situación que no se veía desde los tiempos de la Gran Depresión. En China la economía se contrajo, algo que no sucedía desde la década de los setenta. La debacle de la economía española probablemente llevará a ese país este año a los mismos niveles (o peores) de los vividos durante el 2008 y por lo menos hasta el año siguiente con un nivel de desempleo por encima de un 20 %. Con estos datos escalofriantes, es obvio que estamos todos muy mal parados porque, cuando en esos países ricos hay “una borrasca financiera”, a nosotros, los pobres, nos esperan huracanes o tifones deleitados en causar el mayor daño y dolor posibles.

La entrada de este artículo no tiene la misma intención de aquel tonto ilustrado que se ufana diciendo “Yo se los dije”, sino que es simplemente un llamado a la prevención y la actuación coordinada. En Finlandia, por ejemplo, hay centros de almacenamiento de emergencia distribuidos por todo el país desde hace casi tres décadas para hacer frente a crisis creadas por posibles conflictos bélicos, problemas climáticos o ataques informáticos. Eso se llama prevención. Taiwán introdujo un paquete de medidas para frenar la expansión del virus: trabajo en conjunto entre los diferentes sectores del gobierno taiwanés, centros específicos para detectar el virus, confinamientos, concientización de la población, multas a los especuladores de mercancías e informaciones, etc. Gracias a eso, a las reglas de distanciamiento y otras restricciones sociales, Taiwán tiene una tasa de letalidad del COVID-19 muy por debajo de la de otros países pese a estar a solamente 130 kilómetros de China donde se originó la enfermedad. Es un gran ejemplo que demuestra que no es tanto el dinero, sino la forma de trabajo y cultura de un pueblo lo que más importa en estos casos, pues Estados Unidos eclipsa Taiwán económicamente hablando y, sin embargo, el número de norteamericanos muertos es tal que (si esas personas estuviesen vivas) podrían fundar una ciudad.

Ya el Fondo Monetario Internacional habló de un colapso económico mundial peor que el de la Gran Depresión de los años 30 y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) pronostica para nuestra región la peor recesión de toda su historia. En consecuencia, vistas las cosas en su más cruda realidad, parece que nos esperan tiempos difíciles. La actividad comercial mundial está sangrando. Debido al Gran Confinamiento, (como ya empieza a llamarse históricamente) la actividad comercial también está paralizada y los pequeños negocios se encuentran en el peor de los dilemas: endeudarse con préstamos o cerrar. En esa misma situación, caminado sobre arenas movedizas, se encuentran millones de personas en todo el mundo con la hipoteca de la casa o del carro.

La economía mundial no es un interruptor con el que se cambia de encendido a apagado al pulsar un simple botón. Ni siquiera una vacuna hoy mismo podría sacarnos de un día para otro del problema. Esta situación no tiene solución en acciones individuales ni en presidentes con falsas promesas mesiánicas. Solo en aquellos lugares en los que las personas trabajen unidas en equipo, donde se hagan trabajos coordinados que involucren desde un humilde cabeza de familia hasta los más altos gobernantes, las personas podrán salir de la crisis económica sin grandes mutilaciones. No hay, pues, mejor solución para esta crisis que las palabras de Martin Luther King: “O trabajamos todos juntos como hermanos, o pereceremos todos juntos como idiotas”.